Sobre el Pensamiento Ecológico

Actualizado: 22 de ago de 2019

Lorenzo Hughes


Silbido agudo del árbol que hoy quemo. Encendí un fósforo, temprano en la mañana hacía frío. Los pies ahora algo más tibios y el centro del tronco aún verde, expulsando saliva. Sin llama es lenta la agonía.


Y a la luz del tiempo geológico (que es “casi” imposible imaginar):

¿Cómo es presenciar la combustión vegetal? (En un principio convencido [y protegido] por la intención de buscar abrigo)


Es pleno invierno, es frío para mi carne. No para la de un zorro, tampoco para la de una lechuza que caza en la madrugada. Es frío para algunas carnes, para algunos cuerpos. Y esos cuerpos cortan árboles a finales de la primavera (y a principios del verano) pensando en el calor que necesitarán más adelante. “Más adelante”, en la “próxima estación”, “después”, “antes”, los tiempos, tiempos geológicos ¿cuatro mil millones de años?


Los brotes, los brotes, la velocidad lenta de un brote frío, los re-brotes del latué y colliguayes que corté con machete hace un año y medio atrás. El sol casi en su punto máximo de cercanía, los cuerpos lo sentimos, desde las hormigas, las piedras y quizás cuántos (¿infinitos?) otros más “extraños forasteros”, otros “desconocidos que sufren”.


Trina a mis espaldas un pájaro que no conozco ¿si supiera su nombre común, género, subgénero, familia o nombre científico, lo conocería? ¿y si no fuera un pájaro? ¿Si al voltearme viera que es el canto de un aromo mientras florece? ¿O el sonido que hace una araña mientras ve a una mosca caer en la red? ¿O si quizás fuera “algo” que no pudiese delimitar?


El pensamiento ecológico va derrumbando las bases, las certezas y suposiciones. Va descomponiendo lo que damos por dado, las similitudes, las diferencias. O al menos eso es lo que he ido entendiendo en una primera mirada a este libro escrito por Timothy Morton ¿quién será él?

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